“Paradojas de lo Indivisible”

Por Pía Fracchia

Paradojas

Pensamos los Estilos de Vida como “Modos compartidos de goce, organizados bajo un rasgo identificatorio, estetización de un modo común de goce, identificación que funciona como pantalla, bella, estética, detrás de la cual se esconde un modo de gozar”[1].

Y a la vez sabemos sobre lo solitario y ominoso del goce, y de su opacidad.

Entonces: ¿qué decimos cuando decimos modos compartidos de goce; qué se comparte; el goce o la pantalla? y ¿de qué belleza hablamos; podría esta a veces funcionar más bien como una especie de estética del horror?   

 Asociaciones

Reflexionando sobre estas preguntas recordé una novela maravillosa: La Soledad de los Números Primos, de Paolo Giordano[2]. Los números primos son aquellos números naturales que no son divisibles más que por sí mismos y por el uno; y la novela narra la historia de dos sujetos que marcados por la tragedia de sus infancias viven en una inmensa soledad, rechazando y sintiéndose rechazados por el mundo que los rodea. El azar decide juntarlos y si bien sus caminos se cruzan -dando lugar a algo de lo indiscutible del amor- hay presente un impedimento por el cual no terminan de conseguirlo. Sujetos que no se dejan dividir fácilmente por el otro.

Luego me resonó una expresión actual y juvenil: “esta/estaba/estoy en una”. Expresión que entiendo como un estado muy personal, una especie de burbuja, aceptada y justificada.

Pero la frase que se me repetía era “la soledad del goce”. La googlee y para mi sorpresa encontré un articulo inédito de J-A Miller[3] llamado La Soledad del Goce. Allí ubica la falta de complementariedad de la sexualidad humana por fuera de los mitos, habiendo logrado la ciencia perturbar hasta la biología; separando la procreación del acto sexual. Cuerpos con un raro funcionamiento que no sirve siquiera para establecer la relación sexual con otro cuerpo. Eso que Freud llamó pulsión y Lacan goce. La pulsión como un mito que permite pensar la paradoja del goce: hace falta un objeto, pero este puede ser remplazable porque sólo sirve para que algo pueda gozar-se.   

Se goza de una parte del cuerpo del otro, pero ese goce se localiza en el cuerpo de uno; es un absoluto, cada uno con su goce. Encerrados en una prisión de fantasmas, síntomas, deseos, recuerdos, ideas, amores, odios, alegrías, sufrimientos; y todo esto para poder gozar-se y este gozarse para nada. Una verdad-cínica dice Miller.

Soledad, Velos y Fallas

El ser hablante como un número primo en su goce, pero igual ¡hay lazo!

Es difícil entender, dice Miller, como los distintos modos del lazo logran meterse a pesar. El goce necesita instrumentos y el verdadero complemento está ahí, en ese objeto que se reencuentra y funciona como precioso tapón. Ahí la conexión con la civilización: ¡provee de qué gozar! y al compás de sus movimientos los modos de goce y los síntomas se renuevan.   

Soledad estructural velada por ideales, amores, altruismos; y estilos de vida como formas de agrupar goces solitarios en el intento de amortiguar, despatologizar e incluir -sin tanto prejuicio- la rareza. Igual, eso no resuelve todo, también falla, y ahí cuando el velo no alcanza aparece el deseo de hablar con un analista.

La soledad -dice Miller- se descubre en el consultorio y el analista debe sostenerse a la altura de esta verdad, funcionando como instrumento para que el sujeto no tenga tanto miedo cuando esta se devele.

Últimas paradojas. Este esfuerzo actual por normalizar el goce puede a veces coagularse entorpeciendo la división subjetiva, el desciframiento y funcionando como rechazo del inconsciente. Diría, intento de solución y obstáculo a la vez; y nuevos modos de presentaciones clínicas con la que hay que arreglárselas.

Aquí me pregunto qué efecto puede haber tenido el psicoanálisis a lo largo de la historia en la civilización con su orientación que va del mito a la estructura, es decir, hacia cierta separación con la historia edípica, el Otro, la Religión, los mandatos, la crítica superyoica, etc, etc, y de ahí a la identificación con el síntoma/goce propio develando esa cínica verdad: “cada uno está en uno”.

Finalmente: ¿cómo despatologizar ese raro funcionamiento estructural sin hacer lazos masificantes? y ¿cómo dar lugar al goce del Uno, a un estilo singular, a una identificación que apunte más al síntoma propio que a la pantalla compartida sin quedar en el cinismo? Pienso, a la manera de una subversión creativa y el análisis como una forma posible. Allí la apuesta: una ética siempre a medida.  


[1] J-A Miller, Eric Laurent; en Argumento II Jornadas EOL Delegación Mendoza: “Estilos de Vida, ¿A qué apuesta un psicoanálisis?”.

[2] Paolo Giordano, “La Soledad de los Números Primos”, Ed. Salamandra, 2011. 

[3] J-A Miller, “La Soledad del Goce”, en Revista Registros – GOCES, Tomo Arcoiris, Junio 2020.

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